Mol, life and so on

lunes, junio 29, 2009

¿Y si volamos?



-No temas, no pasa nada. El fuego no existe, la tensión tampoco. Nuestro pueblo está perfectamente, no hay muerte, ni destrucción. Estoy seguro de que es un sueño.

-¿Y cómo lo sabes?

-Dame tu mano. Si volamos, estamos soñando. Hazlo.

Cruzamos nuestros dedos con fuerza. Salté, tiré de él, y el manto de girasoles yacía bajo nuestros pies. ¡Qué agradable es, también, volar contigo! La torre de la iglesia en llamas se oteaba a lo lejos. Los vecínos sufrían, gritaban... pero yo sonreía. Todo se mostraba irreal, como una película. Definitivamente era un sueño.

-Ya puedes abrir los ojos, grité. Y los abrí.

Tú seguías a mi lado, también en esta orilla de la conciencia.

Volví a sonreír. Y te abracé. Fue precioso sentir que eres el nexo de unión con mi mundo onírico.

jueves, abril 16, 2009

El regalito


Iba a ser una ocasión especial. La salida que coincidía con mis veinticinco años de hermano. Hay otras corporaciones de penitencia que todos los años organizan algún acto para rendir un sencillo tributo a quienes conmemoran tal efemérides, pero la mía no. Tal vez porque somos demasiados. A los cincuenta sí, y también para los pocos afortunados que llegan a las bodas de platino como macarenos de carné. Pero las de plata… ya lo dijo aquélla ese Martes Santo: que la plata, ‘pa las ratas’. Y en mi hermandad no tendré nada que rascar hasta dentro de otras dos décadas y media.

Pero no me resignaba. Más de dos tercios de mi vida a la sombra de su manto no se resuelven como un vuelva usted mañana: sobre todo, si el mañana llega cuando faltan sólo unos meses para que termine de pagar la hipoteca que firmé hace nada. Una eternidad en toda regla. Así que me fui directamente a Ella: “Shhh, eh, tú, déjate caer que son muchos años pagando cuotas. Quiero un regalito. A ver qué se te ocurre”. Esbozó una ligera sonrisa por la comisura izquierda de sus labios. Fue toda su respuesta.

Esa noche, mientras me colocaba la capa, tuve el convencimiento de que iba a ser una ocasión muy especial. Pensé en Silvia: “Este año va por ti, aunque puede que nunca lo sepas”, dije. Me dirigí hacia la puerta con cuidado de no mancharme. Un beso a mimamá. Fani, su perra, saludó moviendo el rabo. Parece que ya no le asustan mis ropajes de merino.

Llegué a la basílica sin mucho convencimiento. Es curioso, sentí un tira y afloja, casi me impuse la necesidad de concentrarme, de disfrutar forzosamente de esa noche de bodas de plata…y las cosas no funcionan así. De repente volvió a aparecer esa nebulosa de indiferencia, de desapego y de continuo hartazgo que me invade desde hace meses y que, por mor de un trabajo demoníaco, me ha llevado al límite. “Olvídate hoy, y si puedes también mañana, y pasado, y…”, me autorrepetía. Pero no. Cerré los ojos: inspiré… espiré… poquito a poco. Mejor ahora, sí. Cuando apenas faltaban unos instantes para colocarme el antifaz y que empezara mi Noche de Noches, me acerqué a las plantas de su paso: “Recuerda, un detallito, ¿vale?”, le dije.

Fueron quince horas muy raras. Tanto tiempo de silencio es el caldo de cultivo idóneo para la reflexión, y me asaltaron la ira, la rabia, el querer y no poder (o no saber, o no atreverme), pero también hubo momentos de mucha alegría. Chema vino a verme por primera vez, y hasta creo que se emocionó ;-) La llevé siempre muy cerca, y en más de una ocasión sólo tenía que girarme para verla caminar a mi lado. Joder, qué maravilla, eso hay que sentirlo.

Por la mañana, en plena calle Feria, los riñones estaban a punto de estallarme. Me costaba mantenerme erguido, y el binomio frío-calor hizo acto de presencia a ratos alternos. De repente, pasaron a mi lado. Eran Maruja y Paco, un matrimonio adorable de ancianos a los que quiero muchísimo y a quienes llevaba casi ocho años sin ver por razones que no vienen al caso. Salí corriendo de la fila, porque creo que hay asuntos más importantes que guardar la compostura, y quitándome el antifaz los abracé y besé llorando como un chiquillo. Quedamos en volver a vernos pronto, con Andresito y con mi MagicGnoma, que también se apuntan a retomar el contacto perdido.

La miré de refilón y le di las gracias. Ya estaba contento, ya tenía “mi detallito”. Ella volvió a sonreír tímidamente, con disimulo, como si fuera una cosa entre nosotros. Y seguimos caminando, Ella como sólo Ella sabe, y yo… casi arrastrándome del dolor y del cansancio. Sí, lógicamente en las calles de Sevilla, y en Semana Santa, es muy fácil encontrarse a cualquiera. Pero yo, a ellos, nunca antes me los había topado. Así que lo di por bueno. No pedía más, verlos sanos y felices era mucho mejor que un diploma de pergamino.

Pero no. A veces nos creemos que controlamos todas las variables… y no. No es así. Ella sonreía porque tenía ‘información privilegiada’, claro ;-) Ayer me enteré de que Paco y Maruja no fueron mi regalito macareno, por mucho que agradezca el haberlos recuperado. A esa hora de la mañana, mi sorpresa ya estaba fraguada desde hacía varias horas. Y no me enteré hasta ayer.

Llamó A., el marido de Silvia. Su esposa, de apenas 30 años, llevaba semanas en una situación crítica. Necesitaba un corazón. El suyo había dejado de funcionar y sólo respondía con apoyo mecánico y químico. Creímos que llamaba para decirnos que ya estaría en quirófano, que acababa de llegar un corazón: pero no. Sólo quería informarnos de que ya le habían realizado el trasplante, y de que todo había salido perfectamente.

“¿¿¿Ya la han operado??? ¿¿¿Pero cuándo???”, preguntó Chema con una mezcla de alegría y sorpresa. Tuve un presentimiento, se me puso la piel de gallina. “En la noche del Jueves al Viernes Santo”, respondieron al otro lado del teléfono.

En la Madrugá. Justo cuando 35 costaleros hacían la primera levantá a cielo de la Esperanza Macarena para bajarla a Sevilla, a Silvia –a quien le había dedicado mi esfuerzo de esa noche- le estaban colocando a pulso ese corazón que necesitaba para literalmente poder seguir con vida. O cielo, o abismo, sin términos medios. Y hubo cielo. Justo ahora mi madre, que es una mujer de fe –y no como yo, que soy agnóstico-macareno-, diría eso de “y la gente dice que no hay Dios”. No tengo el dato, ni creo que tampoco mi madre. Lo que sí tuve fue mi tan ansiado regalito, y no cuando creí tenerlo, sino ayer mismo, casi una semana después.

A veces, lo mejor se hace esperar más que lo bueno: y eso, para algunos, puede ser una lección de fe. Aunque para mí es, sobre todo, un gesto de esperanza. De mi Esperanza.

FOTO: www.lapasion.org

martes, marzo 31, 2009

Éxtasis en la Cueva del Soplao (Cantabria)



Caminaba. Era un pasillo oscuro, largo, húmedo, ligeramente frío. Sigo sin saber qué hacía allí, pero no lo evité. En el fondo, no dependía sólo de mí, aunque tal vez pude haber puesto en valor mis prioridades: por ejemplo, Santillana del Mar. Al final entré, no sin ciertas precauciones de pseudoclaustrofóbico, aunque me tranquilizó saber que los techos eran altísimos. La luz fue mera ilusión durante un tiempo que se hacía eterno, todo oscuridad y espacios poco acogedores. La situación se prolongaba más de lo preciso. Ni fu ni fa. Aquello era indiferencia y falta de luz, a veces inquietante, siempre desconcertante. Definitivamente los pasillos hay que atravesarlos para llegar a una estancia, aunque prefieras otras vías.

De repente escuché música. ¿Allí? No la esperaba. Sí, era música. Un réquiem. Casi sin pretenderlo, me topé de bruces con un techo tan bajo como increíble, un cielo subterráneo luminoso en azul y blanco, repleto de formas mágicas, imposibles. Luz, paz, belleza, vivencias. ¿Allí? ¿Así? Era increíble. A veces, amanece cuando menos lo esperas. Y te pilla donde ni atreverías a imaginarlo. Luz bajo tierra y al final de un largo y oscuro pasillo; ¿acaso no es una invitación al optimismo?

…ahora me pregunto si esta vivencia, real, es una metáfora de mi propia vida. ¡Ojalá!

martes, febrero 17, 2009

Naturaleza muerta



Ayer por la mañana, cuando aparecí por la oficina, descubrí en los periódicos un rostro que me resultaba terriblemente familiar. Miguel, el asesino, es de mi barrio. Crecido y criado justo enfrente de la tienda que tenía mi tío, ya fallecido; a diez metros del comercio donde compré mi aceitera, prodigio de difusor; al lado de la peluquería del padre de Mari Carmen, cuyo hermano hablaba conmigo de juergones adolescentes en Chipiona; del barrio de toda la vida, quiero decir. Y su cómplice, el tal Samuel, reside a la trasera del bloque de mis padres, justo enfrente del piso donde MagicGnoma vivió hasta que se casó para ser la más feliz del mundo con mi amigo/hermano Andrés.

Supongo que a nadie le importan mis conversaciones con el peluquero, los rasgos de mi aceitera o la tienda de mi tío. Pero yo siento la necesidad de expresar que, esta vez, el terror televisivo se ha hecho carne en la realidad de esta vida mía. Llamé a mi madre: "¿Sabes que es del barrio?" "Sí, claro. Está todo el mundo hecho polvo. Esta mañana han entrado las cámaras otra vez en la carnicería", respondió. "Qué raro -pensé-, estas cuatro calles, robándole espacio en el share al binomio Julián Muñoz-Pantoja o a las bondades de un Barça imparable".

Nunca vi al tal Samuel, pero sí me suena, y mucho, la cara del homicida, presunto, presunto. Inevitablemente recordé la noche en que ETA asesinó al coronel médico Muñoz Cariñanos: detuvieron al cobarde meón de su pistolero justo enfrente de mi bloque. Vamos, que si un servidor hubiera salido o entrado a esa hora, le podría haber preguntado al perro ése (perdón, perros del mundo) si se sentía más hombre o más liberador de medias patrias por darle pasaporte a un otorrino de la Sevilla de toda la vida. Y me diría que sí, claro, que de eso come. Todo el barrio estuvo varias jornadas lleno de compañeros de la prensa a la caza y captura de una declaración que, por supuesto, nunca se resistía. Porque esto es Sevilla, amigos.

Dicen en la aldea, en ese barrio que es micromundo, que Miguel tuvo una infancia dura. Como muchos allí. Ayer, por ejemplo, me enteré de que había muerto "el Juani", un íntimo amigo de mi hermano al que las drogas le arrancaron el alma a plazos. Incluso hay gente que asegura, y mi madre es la primera, que su progenitora recibía el pésame con mezcla de tristeza y alivio: como quienes van al paredón tras paceder torturas y más torturas. Pero él nunca mató a nadie. Tampoco el Joselete, ni el Tomás, ni el Paco, ni el Oregui ni el Pichurri. Trapicheaban, robaban o hacían el paripé como guardacoches. Pero matar, no. Nunca. Eso era otra fase, al menos entonces. Miguel, siendo más joven, con mejor aspecto y mucho más guapo, ha refutado una triste máxima: que las marcas están para superarlas. O como dicen las marujas del barrio: que alguien vendrá que bueno te hará.

Aunque yo creo que puestos a superar barreras, podría haber tomado ejemplo de El Langui, que tampoco lo tuvo fácil, y no del Arropiero. Si uno tiene cojones para arruinarle la vida a una familia y destrozar a una flor en ciernes, también los tiene para sobreponerse a los golpes que da la vida y tirar p'alante. O como decía el párroco Don Miguel, para tomar tu cruz y... ¿Padre ausente, madre minusválida y depresiva, entorno familiar hostil? Sí, exactamente igual que los Z., del bloque 14. Unos salieron buenos, y otros no tanto. Pero ninguno asesino. ¿Y el cómplice del pájaro? ¿Es posible ser tan joven y tan cínico? Yo creí que las tablas del cinismo se adquirían con la edad... ¿Y el hermano silente? No entiendo nada...

Si quisiera hacer algo parecido a una elegía, tocaría ahora decir que Marta, como la Ofelia de Hamlet, desciende muerta por el río, y bla, bla, bla. Pero como esta es una historia tan sumamente puta, y hasta me pilla cercana, no tengo el coño pa farolillos. Vamos, que paso. Me acuerdo, eso sí, de la canción de Mecano que da título a este post, donde se habla de una muerte premeditada por un mar cobarde, que hace uso de su innegable supremacía física, y también de una pareja, Miguel y Ana, que no Marta. Pero en el trípode Miguel-Ana-mar (aquí, río) terminan las coincidencias. En el resto de esta historia, real, no hay lugar para figuras retóricas.

Aquí nada es lo que fue. O lo que parece. Ni el amor, que no existe cuando alguien es capaz de agredir brutalmente a la persona supuestamente amada; ni Marta, que dejó de ser la chica rubia y guapa de las fotos hace al menos tres semanas; ni Miguel, que frente al de la canción, termina vivo; ni tampoco el Guadalquivir, que por unos días la Sevilla que lo acuna ha dejado de vivirlo como ese "rey de los ríos" al que cantaron los Álvarez Quintero para transformarlo, de repente, en un cenagal fangoso y turbio. En la tumba improvisada de una joven que, como su familia, espera la contundencia de una justicia que nos sabe a poco. En un camposanto donde las rosas y los claveles ceden el testigo a carrizos, aneas, juncos y cañas. Parda, indómita y cruda. Húmeda. Naturaleza y muerte en estado puro. Triste. Tanto como real.

Descanse en paz. Ella, y los diecisiete inmigrantes que hundieron ayer sus cuerpos y sus sueños frente a las costas canarias. Esta vez, los medios tampoco han estado de su parte.

FOTO: EL PAÍS

viernes, enero 16, 2009

Love song for...



Recuerdo aquella tarde con nitidez. Los miércoles siempre aprovechaba un hueco entre clase y clase para acudir a la consulta de psicoterapia. Allí encontré, sobre todo, alivio. Fue la peor época de mi vida: y dentro de ese descenso a los infiernos, creo que justo esas semanas caminaba sobre las brasas más ardientes. Deslizado en el sillón, abrí con parsimonia mi vieja mochila simpsoniana, aquella que tenía un pañuelo rojo anudado por mis tres o cuatro mejores amigos. Sin prisa, sin pausa.

Saqué una cinta de vídeo con movimientos metálicos, robotizados: era Drácula, de Bram Stoker. Se la di a la doctora: se quedó a cuadros. Creo que en el fondo sabía que no podía aceptarla, pero también pienso que no se atrevió a negarse… al menos en aquel momento, viendo que estaba hundido. Siempre supe que así la ponía en un brete, pero me importaba un carajo. Buscaba la paz, mi paz, a cualquier precio.

“Te agradecería que la vieras en algún momento”, le dije. “Así podrás descubrir cómo me siento; yo soy el vampiro”, añadí. Se hizo el silencio. Justo entonces me quité las gafas, y arrojándolas sobre la pequeña mesa que tenía a mi izquierda, empecé a llorar desconsolado. “¿Por qué yo? ¿Por qué me pasa esto a mí?”, repetía sin cesar. Sentía que había estado toda la vida luchando por la coherencia, por la rectitud según mis valores, y todo estaba hecho trizas. ¡Plof! Igual que un castillo de naipes. Como le sucedió al transilvano.

Yo también miré a los clérigos con cara de odio y sentí el impulso de clavar una espada en el travesaño de esa cruz que simbolizaba lo establecido, las expectativas que los demás depositan en nosotros dejando al margen nuestra santa voluntad. Tuve la necesidad de sublevarme, de elevarme sobre la incomprensión de unas malas compañías y de unas creencias perversas.

Vi la película varias veces. Tal vez porque así proyectaba mis frustraciones sobre un individuo que, desde luego, tuvo cojones y fue coherente hasta el infinito. Que se sentía solo en su lucha. Que expresaba con acciones el deseo de perdurar eternamente en el amor humano, por mucho que fuera un incomprendido. “¿A ti también te pasa?”, parecía preguntarle un Carlitos que, escena tras escena, veía reflejadas sus vivencias en la pantalla.

Pasó el tiempo, y llegó –más o menos- la paz. Sin embargo, aquel joven de veinte años tenía algo en común con éste de treinta y cinco: su voluntad de fidelidad a sí mismo, su anhelo de amor propio. Hay cosas que merecen una lucha continua de cuatro siglos y una cuchillada certera en el epicentro, por mucho que los curas y otros muchos indeseables se santigüen a nuestro paso temiendo ser contagiados. Hay vampiros que no deben replegarse cuando brille el sol…

Actualmente, la vivencia prolongada del amor refuerza mis sentimientos hacia aquel noble que luchaba contra los otomanos. Era un guerrero con corazón, con una capacidad infinita para amar a su esposa, capaz de todo sólo por tener la oportunidad de que sus labios agrietados descansaran un día más sobre los de ella. Por volver a sentir el tacto nacarado de su piel, por convertir su mirada en un oasis de paz rodeado por esos valles de lágrimas.

Tiró por la borda su vida, su Dios, sus bienes y su prestigio... y todo por amor, desde su libertad. Ella nunca se lo pidió, pero Vlad no concebía la vida de otra manera. Sencillamente, no entraba en su cabeza. Pagó el precio, con alegría. Eurídice, dice Metge, también optó por sufrir la condena eterna en el infierno para estar junto a su mujer, cuyas acciones en vida no le permitían la redención. Mejor las ascuas que vivir sin alma, pensaría...

Algo tendrá el amor cuando se hacen tales locuras para que haya más besos. Para seguir oyendo esos latidos una noche más. Para continuar bañándonos en su sonrisa.

Yo también las haría. Sí, por ti. Aunque no me lo pidas. Aunque tema a la oscuridad o adore las tostadas con ajo ;-)

Feliz cumpleaños, vida mía

It beats for you - It bleeds for you
It knows not how it sounds
For it is the drum of drums
It is the song of songs...

jueves, enero 08, 2009

We can work it out



Life is very short, and there's no time
For fussing and fighting, my friend.
I have always thought that it's a crime,
So I will ask you once again.


(Noa, cantante israelí; Mira Awad, intérprete palestina)
Versión de We can work it out, The Beatles. 1965)

martes, enero 06, 2009

Noche de Reyes: que no falte ilusión


Es curioso: hay cosas que no cambian con el paso del tiempo. Sentimientos, impresiones, vivencias que año tras año se repiten sin que la madurez o la rutina arrasen con ell@s. Algún mecanismo de nuestro cerebro protege a ese rinconcillo indómito de nuestro espíritu como si fuera una reserva natural. Un parque nacional. Algo, en definitiva, que lleva ahí desde siempre, sin que nada ni nadie pueda -ni deba- transformar el espacio que ocupa en no sé qué cosas.

Creo que la Noche de Reyes forma parte de ese entramado. Enero tras enero, con la ilusión de un niño pequeño, me pateo las tiendas pensando en qué le puedo regalar a mi gente. Para mí, que a veces me dejo llevar por el estrés y en otras ocasiones por la falta de tiempo, es importante hacer un alto en el camino y, tomando aire, tener un pequeño detalle con quienes están a mi lado. Menos de lo que merecen, tal vez, pero casi siempre todo lo que puedo ofrecer. Verdad es que me gustaría comprar más y a más gente, pero... hay cosas que de momento los Reyes no pueden conseguir :-(

La cena del día 5 en casa de mis padres es una cita ineludible. Mucha comida típica, algo más creativo... y siempre el roscón, emblema de esta jornada, cuya sorpresa irá a parar -me guste o no- a manos de mi sobrina ;-) El primer intercambio de regalos, con madre, sobrinos y hermana, me recuerda que en mi familia nuclear nos hemos tomado siempre muy en serio las caras de la ilusión. Recuerdo de pequeño aquel disco de Rick Astley (sí, yo también tengo un pasado) o la versión adaptada en Odres Nuevos de Castalia de El Conde Lucanor, que me marcó desde la adolescencia. O ya mayorcito, hará siete u ocho años, esa caja enorme en la mesa del salón: la Historia y Crítica de la literatura española, completa. Una pasta en libros... y una mirada (la mía) húmeda y reverencial. Ahora somos mayores: pagamos hipotecas, préstamos personales y valoramos otro tipo de cosas... pero el deseo de compartir con los míos y de agradarnos mutuamente sigue siendo el mismo.

En torno a medianoche salgo del hogar materno. Me acuesto, sabiendo que por la mañana, antes de que me despierte el ruido de las bicis nuevas, de los juegos de la Wii o de los coches teledirigidos, brotarán como setas algunos paquetes en mi salón. Y la eclosión, siempre tan ilusionante.

Justo cuando abra el último, las fiestas navideñas habrán pasado a la historia, y como dice Chema comenzaremos a tomar conciencia de que la primavera se acerca a pasos agigantados. Es mi particular manzana de Adán, el mordisco que me invita a recordar que las fiestas navideñas han sido un oasis y que yo, en realidad, he estado tan desnudo como siempre... Pero, durante un par de semanas (que pasan volando, además), rebosando ilusión. ¡Ay, los Reyes...! Si a veces me entra la vena paternal y añoro al hijo que no tengo es, en cierto modo, por vivir con él un momento tan tierno, tan mágico...

...Shhhh, os dejo. Estoy escuchando ruido y creo que pueden ser ellos. Así que voy a hacerme el dormido...